lunes, 13 de abril de 2015

Innovación desde la Universidad Pública de Navarra

NOTA: Esta entrada reproduce la colaboración realizada para la revista Negocios en Navarra en su número especial de Marzo de 2015 sobre Innovación.

Escribía en este medio hace unos cuantos meses sobre este mismo tema, y relataba entonces los diferentes mecanismos e instrumentos que desde la Universidad Pública de Navarra se utilizan para fomentar la traslación de resultados de la investigación en innovaciones, esto es, en productos, procesos o servicios de valor comercial o social. Me piden ahora, con motivo del aniversario de Negocios en Navarra, escribir sobre este mismo asunto y lógicamente debo abordarlo desde otra perspectiva para no repetir ideas y argumentos. Sin embargo, sí que me gustaría insistir, como entonces, en una cuestión previa y es la de negar el discurso, por suerte cada vez menos extendido, del alejamiento entre la investigación universitaria y las necesidades de las empresas, y por tanto de la innovación. Muchos datos de los que me he hecho eco en otras ocasiones así lo atestiguan de forma palmaria. En el caso particular de la Universidad Pública de Navarra, la última edición del U-Ranking del BBVA-IVIE publicada en marzo vuelve a ponernos en las posiciones de cabeza en “Desarrollo Tecnológico e Innovación”, superados por universidades de corte politécnico. En esa clasificación se tienen en cuenta indicadores que miden ingresos por contratos y servicios a empresas, patentes o cursos de formación continua.

El proceso que conduce a una innovación no se ve, ya desde hace mucho tiempo, como un mecanismo lineal, simple, que lleva la generación de un conocimiento o idea nueva (por ejemplo en la universidad)  a un producto con valor práctico o comercial (desarrollado en una empresa).  Hoy día se reconoce que el proceso puede ser, o es, mucho más complejo que todo eso y paradigmas como la innovación abierta (open innovation) plantean la necesidad de múltiples actores, con conexiones complejas que dan lugar a esas deseadas innovaciones. En este sentido, las Universidades, en la medida en que una de sus misiones básicas es la de generación de conocimiento a través de la investigación, son agentes clave en el  ecosistema de la innovación. De hecho, lo han sido siempre, aunque de forma inconsciente y no explícita. No es necesario relatar cuántos frutos de la investigación (universitaria o no) constituyen la base de innovaciones radicales que han servido al progreso y al bienestar humano, y evidentemente al desarrollo económico.  

Sin embargo, la posición y el papel de las universidades en estas cuestiones han evolucionado, de forma muy rápida en las dos últimas décadas, y lo seguirán haciendo. El primer cambio tiene como base la propia concienciación de ser parte del proceso de innovación: llegar a un resultado tangible, aplicable, y no digamos ya vendible, no era un parámetro que generalmente se considerara al plantear un proyecto de investigación, sino que como mucho se presumía sería consecuencia natural cuando “otros” repararan en su valor. Hoy día, la orientación hacia resultados tangibles está presente, en mayor o menor medida dependiendo de la disciplina, en muchas de las investigaciones que se inician, y de hecho es más habitual que sea un parámetro fundamental a la hora de asignar financiación al proyecto. Las convocatorias del programa H2020 de la Unión Europea son un buen ejemplo de ello.

El segundo cambio tiene que ver con el tiempo. Poco importaba antes que los resultados más tangibles o prácticos de una investigación llegaran al cabo de mucho tiempo, si alguna vez lo hacían. Las investigaciones de corte más fundamental requieren de plazos medios o largos y de continuidad para producir sus frutos más relevantes, pero eso debe y puede ser compatible con extraer a lo largo del proceso frutos en tiempos cortos. A veces resultados fallidos o marginales, sin interés en el objetivo final, tienen aplicación en otros ámbitos, pero para que sea así es necesario estar concienciado y preparado para identificarlos. La investigación espacial o la de altas energías son un buen ejemplo de ellos.

Pero naturalmente esta visión finalista no puede adquirirse desde una posición aislada en el sistema de innovación, sino que requiere de una interacción permanente con el resto de agentes, entre los que se cuentan empresas, centros de investigación, facilitadores (OTRIS, consultores…) y la Administración. Y por supuesto con una visión y alcance absolutamente globales, dado que la innovación no conoce fronteras. Es por tanto imprescindible explorar cualquier tipo de cauce que facilite en primer lugar el conocimiento y en segundo la interacción entre los diferentes agentes mencionados más arriba. Es más, cuando a veces y de forma simplista hablamos de “la universidad” o “la empresa” (especialmente la grande) como entes monolíticos, pasamos por alto que dentro de ellas hay a su vez muchos compartimentos estancos que necesitan comunicarse entre sí, además de con el exterior.

En este sentido, y en lo que se refiere a la Universidad Pública de Navarra y a nuestra Comunidad por extensión, se han dado en los últimos meses varias circunstancias que pueden ser claves para acelerar los procesos de innovación en los que estamos inmersos. Dentro de la propia Universidad está la creación de los dos primeros Institutos de Investigación (Smart Cities y Advanced Materials), a los que seguirán previsiblemente otros. En su concepción está el objetivo de fomentar la interacción entre nuestros propios investigadores en entornos multidisciplinares, y el de conseguir una mejor interlocución con el entorno, tanto local como nacional e internacional. Está previsto que estos Institutos establezcan mecanismos de comunicación permanente con el sector productivo y la sociedad. Si bien los investigadores que configuran estos institutos tienen una amplia y acreditada experiencia investigadora y de colaboración con la empresa, el nuevo marco de los institutos está preparado para facilitar el camino hacia la innovación.

Otro elemento llamado a tener un enorme impacto en la misma dirección, pero a medio y largo plazo, es la creación de la Escuela de Doctorado de Navarra, EDONA. La Escuela, en su primer año de andadura, nace de acuerdo con un nuevo modelo en la formación de investigadores, en el que la visión de los doctores como agentes claves en la innovación es un sello de identidad. Es fundamental que los futuros investigadores inicien su proceso formativo con una perspectiva mucho más abierta que la de especializarse en un ámbito investigador concreto, como ocurría en el pasado. Pretendemos ahora que sean más permeables a la influencia del entorno productivo y que adquieran capacidades y habilidades de comunicación con él, y que además se produzca una mayor interacción entre doctorandos de ámbitos de conocimiento diferentes. La propia Escuela incluye en su comité de dirección personas ajenas a la Universidad que pueden ayudar a orientar correctamente esta nueva estrategia. Entre otros elementos, queremos fomentar doctorados industriales que, bajo la dirección académica universitaria, se desarrollen esencialmente en empresas o centros tecnológicos.
Un tercer elemento tiene que ver con la creación de empresas a partir de resultados de la investigación universitaria, denominadas EBTs (Empresas de Base Tecnológica) en sentido amplio aunque su negocio no esté basado necesariamente en tecnología. Se trata de facilitar el camino hacia la comercialización de resultados de investigaciones, con la implicación y participación de los propios investigadores en la empresa, y que culmina un proceso iniciado en la universidad. Las universidades estamos comprometidas desde hace tiempo en el fomento y la incentivación de este tipo de iniciativas porque constituyen un mecanismo muy eficiente de convertir la investigación en innovación. No solo eso sino que hemos desarrollado procedimientos y mecanismos que, de acuerdo con modificaciones legislativas recientes, permiten a las universidades participar en el capital de las empresas así creadas, dotándolas de un mayor impulso y posibilitando eventualmente el retorno de beneficios. En esta línea, en fechas recientes la Universidad Pública de Navarra ha aprobado la participación en dos empresas creadas por investigadores de la casa, NADETECH Y NAUDIT, y se estima que este año habrá al menos otras tantas. Es oportuno destacar aquí que los investigadores (profesores) que están detrás de estas empresas acreditan trayectorias investigadoras muy relevantes, lo que demuestra que investigación básica e innovación no son incompatibles.


No quiero terminar esta colaboración sin mencionar un hecho, externo a la Universidad Pública de Navarra, pero que creo está llamado a tener un gran impacto en la mejora del ecosistema de innovación en Navarra. Me refiero a la creación de la corporación tecnológica Aditech, que aglutina centros tecnológicos ya existentes en nuestra comunidad. Me refería antes a la necesidad de una intensa interrelación y colaboración entre los diferentes agentes para mejorar la eficiencia en los procesos de innovación, y en este sentido Aditech nace con vocación de estrecha colaboración con la Universidad, actuando entre otras cosas como tractora de resultados de investigación hacia el mercado.

lunes, 2 de febrero de 2015

Los tópicos sobre la Universidad o la mala educación

El pasado lunes 26 de Enero tuvo lugar, organizado por el Consejo Social, un encuentro sobre el Emprendimiento en la Universidad Pública de Navarra. Hubo nutrida asistencia de personas de dentro y fuera de la casa, en particular de aquellos que forman parte del denominado Foro Social.

En su introducción el presidente del Consejo Social, Román Felones, recomendó con acierto que en el debate procurásemos huir de los tópicos, intentando ser constructivos. Tras las presentaciones de Cristina Bayona (directora de área de Transferencia de Conocimiento), Ignacio Matías (profesor de la UPNA, en calidad de emprendedor) y Carlos Fernández Valdivielso (Director Gerente de SODENA), se produjo un debate con aportaciones variadas, constructivas e interesantes.

Pero hete ahí que, cuando la cosa terminaba, uno de los invitados se despachó con el consabido argumento del alejamiento de la Universidad de las Empresas, el desconocimiento de la investigación que hace la Universidad, y que en junio tenemos exámenes y en verano vacaciones y, por tanto no atendemos los requerimientos de la (su) empresa. Por educación, y porque no era el lugar, no se me ocurrió rebatir con datos no ya solo que eso era una opinión poco sólida, sino que además estaba mintiendo en parte de la información aportada. Por suerte, un joven profesor contratado doctor de la casa se encargó con cierta ironía de poner las cosas en su sitio.

Pero hete ahí también que, al decir que era profesor “contratado” y que él trabajaba muchas horas e incluso los fines de semana, otra persona presente intervino y con “mucha gracia” dijo: “¿has dicho que eres contratado?”, dando a entender que si fuera funcionario no trabajaría tanto.

Puedo llegar a aceptar tópicos como los anteriores, y estoy casi convencido de que es imposible luchar contra ellos, cuando mi padre, año tras año, me sigue preguntando al llegar los sanfermines eso de “¿Qué?¿hasta septiembre fiesta no?”, obligándome a responder: “No, papá, en la Universidad seguimos trabajando”. Pero lo que no puedo soportar es la mala educación. A mí me enseñaron de pequeño que si alguien me invita a su casa, y acepto, debo ser en primer lugar agradecido. Si no me gusta la comida que me ofrecen decir educadamente que no me apetece, y no opinar sobre un cuadro que me parece horrible salvo que insistan en que dé mi opinión.

Solo la mala educación, o la mala fe, pueden explicar la actitud de algunos a los que invitas a tu casa a que den su opinión sobre un asunto y aprovechan para escupir sus prejuicios y tópicos sobre otros que nada tienen que ver. Dicho esto, reconocer que la buena educación y la actitud positiva fueron, hechas estas excepciones, la norma en el resto de los asistentes, y así debo hacerlo notar y agradecer.


viernes, 30 de enero de 2015

Más sobre Rankings de Universidades

La publicación del ya famoso ARWU Ranking, o ranking de Shanghái, ha supuesto un cambio radical en el discurso político sobre las Universidades, especialmente en España, que alguien con conocimiento en estos asuntos debiera analizar en profundidad e intentar explicar. Lo que nació como una clasificación para uso interno en un país, China, se ha convertido en una referencia casi sagrada que está sirviendo incluso para definir dudosos objetivos en las políticas de educación e investigación: que alguna de nuestras Universidades figure entre las 100 mejores del mundo.

La constatación de que ninguna de nuestras Universidades aparezca en ese selecto grupo, y haya relativamente pocas en las centenas siguientes, ha sido una suerte de excusa para denostar todo el sistema universitario y exacerbar hasta límites no conocidos hasta ahora la crítica a sus defectos y carencias: ineficiencia, endogamia, corporativismo, gobierno clientelar, etc, etc. Personalmente no creo que esta concentración en el espacio y en el tiempo de críticas negativas sea casualidad, como tampoco lo son las que, desde un planteamiento diferente, utilizan la excusa de que muchos miembros destacados de Podemos sean “universitarios” para, acusándoles a continuación de revolucionarios ociosos que incumplen sus obligaciones, extender la crítica a la Universidad. No deja de ser curioso también que en un reciente estudio de la Fundación Europea Sociedad y Educación sobre “Opiniones de los Españoles sobre sus Universidades” se pregunte sobre la importancia de los rankings y se concluya que “unos dos quintos (de los encuestados) habían oído hablar de ellos y la inmensa mayoría de los encuestados (77,4%) consideró muy o bastante relevante el que hubiera (o no) alguna universidad entre las 200 primeras”.

Vaya por delante que creo efectivamente que hay muchas cosas que no funcionan bien en la Universidad. Llevo muchos años en ella, conozco unas cuantas y las he visto desde todos los ángulos: alumno, profesor, investigador y gestor. Es cierto que los que estamos dentro tenemos mucha responsabilidad en aquello que no funciona, pero también es cierto que los que intentan desde dentro cambiar para arreglarlo, chocan no sólo con los que, también desde dentro, lo dificultan, sino sobre todo con un marco normativo y unas estructuras que lo hacen casi imposible. Hay que añadir, por cierto, que nadie con responsabilidades de gobierno se ha atrevido a abordar este cambio, y sólo hemos visto en estos últimos años tomar medidas parciales, inconexas, incoherentes, nacidas además sin el necesario consenso.

Pero aparte del empecinamiento de algunos medios de comunicación influyentes para atacar de forma sistemática a la Universidad (pública) española, creo que hay dos motivos fundamentales que facilitan que ésta se encuentre siempre en el foco de las miradas y por tanto las críticas. El primero tiene que ver con el propio carácter de los que formamos parte de la institución. Nuestra tarea investigadora nos exige una aproximación crítica y objetiva a los problemas, que evidentemente aplicamos también a la visión sobre la institución que nos da trabajo. El segundo motivo tiene relación con la continua y sistemática evaluación a la que se ve sometida nuestra tarea: se evalúan titulaciones, centros, proyectos de investigación y, por supuesto, la actividad personal, tanto docente como investigadora. Las evaluaciones pueden tener sus deficiencias, pero dudo de que haya otro colectivo público e incluso privado sometido a semejante presión evaluadora.

Esto sin duda explica que muchos de los informes u opiniones más demoledores sobre el sistema universitario público hayan sido elaborados por expertos de dentro de la casa aunque habría que matizar que, en bastantes de estos casos, el término “experto” puede aceptarse si se refiere a su labor investigadora o docente, pero es de dudosa aplicación sobre su conocimiento de la legislación y normativa universitaria, y de la gestión de la institución.

Pero volviendo al famoso ARWU Ranking, me gustaría que hubiese alguno similar para hospitales, juzgados, parlamentos autonómicos, servicios municipales, e incluso para empresas e instituciones privadas. Ahora bien, si me dicen que el hospital público al que me toca acudir no está entre los 100 mejores del mundo no voy a temblar pensando que la atención sanitaria que recibo es deficiente. Muy al contrario, confío en sus profesionales y en su trabajo. Que no hubiera ninguno español tampoco me llevaría a pensar que nuestro sistema público de salud es un desastre.

Puestos a buscar algo con lo que comparar, y dado que la clasificación de las Universidades se basa casi en exclusiva en la investigación que realizan, se me ocurre utilizar el “R&D Industrial Scoreboard” publicado por la Comisión Europea que mide la inversión en investigación de empresas en todo el mundo, y que por tanto da una idea de en qué medida el sector privado se esfuerza en hacer investigación. Si analizamos las primeras 100, encontraríamos dos españolas, en concreto Banco de Santander y Telefónica. Seguro que la mayoría de los que lean esto, yo el primero, se sorprenderán de encontrar una entidad financiera entre las que más dedican a investigación. Si nos vamos al grupo de entre 100 y 200 primeras, habría que añadir una más (Amadeus), y tenemos que alargarnos hasta las 400 para encontrar a otra (Indra). En suma, tendríamos cuatro empresas españolas entre las 400  mejores (en términos de esfuerzo en I+D), y seis entre las 500. La pregunta es ¿cuántas universidades hay en esos mismos rangos? Pues exactamente el doble: ocho entre las 400 primeras, y doce entre las 500.

Estos son los datos, y ahora cada cual puede hacer sus interpretaciones. Las mías son las que siguen:
  •      En un país donde la investigación y la innovación no son una seña de identidad y menos una cuestión de estado (véase también Innovation EU Scoreboard 2014, donde España es clasificado como “Moderate Innovator”), podría decirse que las Universidades están por encima del nivel medio del país y del sector industrial en estas cuestiones. Datos, como por ejemplo el porcentaje de patentes por sectores, refuerzan esta idea.
  •      Las posiciones individuales de universidades, entidades o empresas en determinadas clasificaciones no pueden utilizarse para valorar la situación y posición internacional  relativa de un determinado sector de actividad, y mucho menos para guiar políticas educativas, de I+D+i o económicas. Del mismo modo que tener dos empresas entre las 100 primeras en investigación del mundo no coloca a nuestro país por encima de la media en innovación en la UE, el no tener ninguna universidad no sitúa a nuestro sistema universitario por debajo. No sería difícil concentrar esfuerzos políticos y económicos en aupar a un par de universidades entre las 100 primeras del mundo a costa de dejar al resto del sistema universitario incapaz de responder a las necesidades formativas y de investigación del país.

Creo que todos deberíamos ser más críticos a la hora de abrazar entusiásticamente clasificaciones sin conocer la metodología, los objetivos y el alcance con que se han realizado, y evitar utilizarlas como argumento, e incluso como arma arrojadiza. A la Universidad, además de su labor fundamental en la educación superior y la investigación, debe exigírsele una función social contribuyendo a crear una sociedad de ciudadanos formados, comprometidos, y con espíritu crítico. Y eso es algo que nada tiene que ver con la posición en un ranking.

martes, 4 de noviembre de 2014

Los "Top 100"

No acabo de entender las razones por las que hay una corriente de opinión, no mayoritaria pero desde luego sí influyente, que se empeña sistemáticamente en hablar mal del sistema universitario de nuestro país. Y las universidades, que será por cosa del género sufrimos a veces el síndrome de mujer maltratada, hasta lo comprendemos y acabamos hablando mal de nosotras mismas. Y no es que no hagamos cosas mal, que seguro que hacemos muchas, pero desde luego bastante mejor que otras muchas instituciones o colectivos desde los que surge la crítica. No en vano la Universidad sigue siendo una de las instituciones mejor valoradas por los ciudadanos, si no la que más, nuestros egresados son muy apreciados dentro y fuera de nuestras fronteras, y la investigación en España (recordemos, 2/3 del total atribuible a las Universidades), coloca a nuestro país en la novena  o décima posición mundial con una cuota de producción creciente.

A falta de argumentos más elaborados, el mantra de esa corriente de opinión que mencionaba al principio se resume en la afirmación “No hay ninguna universidad española en la clasificación de las 100 mejores del mundo”.  Argumento aparentemente irrefutable.  Efectivamente el dato es correcto, pero de él ni se deduce que el sistema universitario español en su conjunto sea malo, ni que ninguna universidad española tenga un reconocimiento internacional  relevante. De hecho, me atrevo a decir que todas lo tienen, en algunos o varios ámbitos de especialización. Por tanto estamos ante una verdad, con intención de mentir.

Ante esta afirmación solemos defendernos argumentando que tampoco ninguna de nuestras universidades está entre las 100 mejor financiadas del mundo, lo cual es rigurosamente cierto. O esgrimimos que la si la ciencia española está en el buen nivel internacional que está, no será porque los mayores productores de la misma lo hagamos fatal. O decimos que con los criterios e indicadores que usan esos rankings, jamás una universidad española podrá entrar en ese “top 100”.

Pero ahora, y para demostrar la falacia del argumento, que no del dato, les daré otro dato objetivamente cierto. Ninguna empresa española está entre las 100 del mundo que más Investigación y Desarrollo realizan de acuerdo con los datos de la revista IEEE Spectrum. ¿Qué significa este dato?. Pues no lo sé muy bien, pero no soy tan osado como para afirmar a partir de él que las empresas en España son un desastre, y que somos un país de ladrillo y turismo. Además, enseguida se me ocurren contraejemplos y razones para pensar que no es así. Pienso en el grupo Inditex, ejemplo mundial  de innovación en la logística y la distribución. Pienso en Talgo cuya apuesta por la tecnología le ha llevado a vender sus trenes por todo el mundo. Y pienso también en ejemplos, más pequeños, como BQ que en poco tiempo han conseguido diseñar, desarrollar y vender dispositivos móviles en un mercado enormemente competitivo.

Será que pienso así porque como investigador (universitario) intento ser objetivo y deducir siguiendo la lógica, y no me dedico a buscar datos e interpretarlos de forma que se ajusten a la conclusión que a priori tengo, cosa que me temo a algunos les pasa cuando oyen la palabra Universidad. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

Investigación e Innovación en la UPNA

NOTA: La siguiente entrada reproduce literalmente una colaboración realizada para un número especial de la revista Negocios en Navarra

No es desgraciadamente extraño encontrarse con afirmaciones contundentes sobre el alejamiento entre la investigación que se lleva a cabo en las Universidades y su plasmación como innovaciones en productos o procesos que lleguen al mercado o a la sociedad. Y es que estas afirmaciones, prejuicios más bien, solo intentan presentar como un problema algo que habría de formularse como la simple constatación de una diferencia de funciones y objetivos: ni la misión de la Universidad es producir y vender, ni las empresas pueden permitirse desarrollar conocimiento que difícilmente puedan rentabilizar. El problema por tanto, o sería mejor decir el reto, es encontrar la vía de conexión entre la creación de conocimiento y su materialización en avances tangibles para las personas, y en beneficio económico y social.  Hay que decir por otra parte que en la consecución de este reto no son solo necesarias las universidades y las empresas, aunque sí seguramente las más importantes, sino que intervienen otros actores como centros tecnológicos y la propia Administración.
Sirva esta disquisición previa para contextualizar lo que ha sido y es el I+D+i en la Universidad Pública de Navarra, y lo que pretendemos que sea en el futuro. Me centraré especialmente en todo lo que tiene que ver con la investigación más aplicada, y en la actividad que deriva en resultados de interés práctico y aplicación a corto plazo. Es lo que habitualmente llamamos la Transferencia de Conocimiento, y que constituye ya el denominado tercer pilar de la Universidad, junto con los de Investigación y Docencia.
Superada una primera etapa de crecimiento intenso tras la creación en 1987 de la Universidad Pública de Navarra, la actividad de investigación se ha consolidado en los últimos quince años en torno a los Grupos de Investigación como unidades básicas, y cuyo número en este momento supera ligeramente los cien. Esos grupos han desarrollado, según su estrategia y sus fuentes de financiación, desde investigación fundamental o básica, hasta otra mucho más orientada o aplicada.  La UPNA ha fomentado y apoyado en cualquier caso la investigación de calidad, ya fuera básica u orientada, mediante la evaluación sistemática, interna y externa, y la subsiguiente financiación de estos grupos en función de sus rendimientos.
La colaboración con empresas se ha realizado mayoritariamente en base a contratos con las mismas, amparados por el Artículo 83 de la LOU (Ley Orgánica de Universidades). Es la denominada Investigación Contratada. Mediante estos contratos, la empresa recurre a los grupos de la Universidad para beneficiarse de su conocimiento, experiencia, equipamiento, etc., en actividades que van desde una simple asesoría hasta un complejo proyecto de I+D. Es evidente que las empresas que recurren a la Universidad reconocen no solo el conocimiento que ésta genera y atesora, sino también la capacidad de sus grupos de investigación, de muchos de ellos, en orientar ese conocimiento para resolver problemas concretos. Los grupos de investigación encuentran en estos proyectos la motivación que da el ver plasmado el trabajo propio en resultados tangibles, y en muchos casos inspiración para nuevos retos investigadores.
Si bien no todos los grupos de investigación en la UPNA realizan actividades de transferencia, ni todos lo hacen en la misma medida, puede afirmarse  que nuestra Universidad es muy activa en la colaboración con empresas, muy en especial con aquellas de nuestro entorno geográfico más próximo. Así, y antes de que la crisis produjera sus devastadores efectos, la UPNA firmó más de 130 contratos de colaboración con entidades privadas por importes de 3,2 M€, cifra muy notable. Por otra parte, en un estudio realizado recientemente se intentó valorar el grado de satisfacción tanto de las empresas como de los investigadores de la UPNA tras estos contratos de colaboración. El estudio aportó unos resultados verdaderamente positivos: así, por ejemplo, en un rango de 1 a 7, el deseo de volver a colaborar con la UPNA alcanzaba los 5,6 puntos, y el grado de confianza sobre los resultados de colaboración del 5,8.
La colaboración Universidad-Empresa mediante contratos ha sido, y es, la dominante en la UPNA y en general en todas las Universidades de nuestro país. Supone un mecanismo básico de contraprestación de servicio tecnológico, o de otro tipo, desde la Universidad a la empresa y, como se ha dicho, proporciona en general un resultado satisfactorio. Sin embargo, ha de reconocerse que es un modelo de colaboración que presenta limitaciones, sobre todo si se plantea como un “encargo” de la empresa a los investigadores. Una colaboración efectiva exige un conocimiento mutuo importante que derive en confianza, y un seguimiento continuo en el que los dos agentes se impliquen. Ello solo se consigue mediante colaboraciones estables que en ocasiones comienzan con una asesoría y devienen en proyectos a medio y largo plazo.
Otro modelo de colaboración que ha cobrado fuerza en los últimos años es el de los denominados proyectos colaborativos. En ellos universidades, empresas y otros agentes participan en un proyecto en el que todos obtienen beneficios. Unos en términos de nuevos productos o procesos a explotar, otros en propiedad intelectual, en publicaciones e incluso todos en propiedad intelectual de la que poder obtener rentabilidad económica. Una condición necesaria en este tipo de proyectos colaborativos es la participación de la administración dinamizando y cofinanciándolos, en aras de fomentar y consolidar colaboraciones estables de diversos agentes del sistema ciencia-tecnología-empresa. Ejemplos de proyectos colaborativos los encontramos en los programas CENIT o INNPACTO del Ministerio de Industria, o los EUROINNOVA del Gobierno de Navarra. En ellos la UPNA ha tenido un papel muy destacado en términos cualitativos y cuantitativos, muy especialmente en el área de Energía.
Por encima de todo, los proyectos colaborativos han tenido en nuestra Universidad un efecto dinamizador importante, ya que permiten cohonestar, más que en la investigación por contrato, la posibilidad de realizar investigación de corte más básico, con sus derivaciones en aplicaciones de interés para una empresa o grupo de empresas.
No es inhabitual que uno de los resultados materiales de la investigación realizada tanto en investigaciones contratadas o en proyectos colaborativos sea alguna patente, pero aunque la invención corresponda, total o parcialmente, a los investigadores de la Universidad, la propiedad industrial reside en el primer caso  en la empresa contratante, mientras que en el segundo suele ser compartida. Por ello este tipo de patentes no cuentan en el “haber” de la Universidad como uno de sus resultados, situación desafortunada ya que contribuye a la imagen de que la Universidad no se preocupa de buscar aplicación a los resultados de su investigación. Sin embargo patentes en explotación cuyos autores pertenecen a la UPNA están detrás de productos actualmente en el mercado como bioinsecticidas, convertidores de potencia en paneles solares, chips de comunicación o selectores de monedas.
Hay que decir también que en proyectos de investigación más básicos, nuestros investigadores ven en muchos casos el valor práctico de sus trabajos y solicitan la concesión de la patente correspondiente a través de la Universidad como entidad titular. Son las denominadas patentes universitarias. En esta cuestión, la del registro de patentes, la Universidad Pública de Navarra aparece sistemáticamente en los rankings, entre las seis primeras españolas (relativo a su tamaño), dato que viene a corroborar lo dicho anteriormente sobre la apuesta de nuestra Universidad por la transferencia de conocimiento.
El problema de estas patentes universitarias, no solo aquí sino en todas partes, es el de su comercialización y explotación. Ni las Universidades tienen estructuras de comercialización ni, habitualmente, las patentes tienen la madurez necesaria para ser reconocidas y valoradas por el mercado. De ahí que la Universidad Pública de Navarra, junto con las otras ocho universidades del denominado Grupo G9, se lanzó en 2011 a la creación de una Sociedad Limitada, denominada Univalue, de la que es socia, y cuyo objetivo es la valorización y comercialización de la cartera de patentes y tecnologías del grupo de Universidades.
Se trata de una experiencia pionera en nuestro país, y no demasiado común en el contexto internacional. Difícilmente una universidad del tamaño de la nuestra podría permitirse abordar la labor de valorización y comercialización de sus patentes, y por ello la alianza con otras universidades con este fin se ha considerado imprescindible. Univalue no ha nacido en las condiciones más favorables pero confiamos en que la intensa labor que se está realizando dé sus frutos más pronto que tarde.
Aparte de la comercialización de las patentes universitarias por la vía de licencias a terceros, una posibilidad alternativa, y particularmente interesante, es que sea explotada por los propios investigadores a través de la creación de una empresa, un spin-off universitario. Ni siquiera en ocasiones es necesaria, ni incluso conveniente, la existencia de tal patente, para  que el know-how más práctico dé lugar al producto o servicio que el spin off va a comercializar. Las universidades llevamos ya muchos años apoyando y promoviendo la creación de este tipo de empresas, aun en un entorno legislativo que no acaba de ser todo lo favorable que sería necesario. La UPNA aprobó el pasado año una normativa que regula incluso la posibilidad de que la Universidad como tal participe en el capital de sus spin-off, como una forma de dar soporte y empaque a la empresa y también de obtener retornos económicos si la iniciativa prospera.
Lejos de quedarse en una mera cuestión de deseo o voluntad, el trabajo desarrollado en este ámbito ha dado sus frutos. De las 13 spin-offs creadas en Navarra en los últimos cinco años, 11 han surgido de la Universidad Pública de Navarra, y siguen activas en este momento. Algunas de ellas han recibido premios en certámenes nacionales tan importantes como el premio Bancaja, el UniProyecta, o el RedEMPRENDIA.
Volviendo a la cuestión de la colaboración directa entre la UPNA y el mundo de la empresa, y siempre con el objetivo de explorar nuevos cauces que mejoren y faciliten esa colaboración, se puso en marcha hace casi tres años el programa de Cátedras Institucionales y de Empresa. Más allá de colaboraciones puntuales en proyectos concretos, se trata en suma de buscar alianzas estratégicas, estables en el tiempo a medio y largo plazo, con una financiación mínima garantizada, y dentro de las cuales puedan abordarse actividades de investigación, docencia, transferencia y divulgación. Se establecen mecanismos de seguimiento de la colaboración al mayor nivel institucional, que garanticen que se cumplen los objetivos planificados.
En este momento podemos destacar la Cátedra de Energías Renovables (con Gamesa, Acciona Energía, Acciona Windpower, Ingeteam y CENER), la Cátedra Grupo AN, la Cátedra de Investigaciones sobre la Igualdad y la Integración Social (Cruz Roja, Secretariado Gitano, Caritas, Red de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social), la Cátedra Mutua Navarra, y la Cátedra Colegio de Ingenieros. A ellas hay que unir también tres cátedras financiadas por Fundación la Caixa sobre Patrimonio Inmaterial, Liderazgo y Estrategia Empresarial, y UNESCO de Ciudadanía, Pluralismo y Convivencia.
Esperamos mucho de estas nuevas experiencias de colaboración, y confiamos también que a estas cátedras mencionadas puedan unirse otras en un futuro. Pretendemos hacerlo especialmente con empresas e instituciones que operan en nuestro entorno más próximo.
Otra iniciativa, ésta mucho más reciente, que se está llevando a cabo dentro de la UPNA es la creación de Institutos de Investigación. Estos institutos aglutinarán a los investigadores más activos en torno a las áreas de investigación más potentes de la Universidad, y con mayor potencial de transferencia al entorno. Sin abandonar las líneas de investigación ahora en curso, se trata de apostar por algunas en que el potencial de colaboración y las sinergias son mayores. La creación de estos institutos redundará sin duda en una mejor visibilidad y comprensión de la investigación, y de la oferta tecnológica de la UPNA, y por tanto facilitará también la interacción con el entorno económico y social.

En esta colaboración he intentado resumir de qué forma se aborda en la Universidad, y muy en particular en la Universidad Pública de Navarra, el objetivo de convertir la ciencia y la creación de nuevo conocimiento en valor económico y en progreso social. La Universidad debe preservar su función irrenunciable de investigar para contribuir a la creación de nuevo conocimiento, pero a la vez debe velar por que éste se oriente a la generación de ese valor. Para ello debe mantener una relación fluida con el entorno económico y social, especialmente el más próximo. El hecho de haber sido considerada, según el último estudio del BBVA-IVIE, como la cuarta universidad española en “Innovación y aplicación de sus resultados”, siendo solo superada por las grandes politécnicas, es sin duda una prueba del éxito en esta misión. Nuestra intención es seguir apostando en esta línea, y algunas de las iniciativas apuntadas más arriba nos permitirán sin duda mantener y mejorar nuestros resultados.

jueves, 10 de abril de 2014

Preparar el futuro o hurgar en el pasado

Los servicios y unidades de gestión de la investigación de las universidades españolas vienen sufriendo estos últimos años una sobrecarga de trabajo creciente. Esta podría ser hasta una buena noticia si fuera reflejo de un aumento en el número de proyectos de investigación o de las cantidades a gestionar. Nada de eso ocurre: por desgracia es consecuencia de un incremento de la carga de trabajo que suponen las cada vez más asfixiantes exigencias en la justificación económica de los proyectos y en las auditorías posteriores.

De forma sistemática se solicitan devoluciones de cantidades, en ocasiones irrisorias, por gastos supuestamente mal justificados y que tras la correspondiente alegación se quedan en la mayoría de los casos en una pérdida de recursos y de tiempo para un buen puñado de empleados públicos. Podrá decirse que si la justificación de gasto se hubiese hecho correctamente desde un principio, no se habría producido tal dispendio de recursos y tiempo, pero lo cierto es que cuando se audita un proyecto se aplican la mayor parte de las veces criterios nuevos sobre proyectos de investigación ejecutados hace más de un lustro, y para los que las reglas eran diferentes.

A ello se añade que los auditores suelen pertenecer a empresas subcontratadas por el Ministerio cuyo conocimiento de la Administración Pública es escaso, y el de la investigación más bien nulo.

Por encima de todo, lo que resulta verdaderamente triste y frustrante es que nadie se preocupe de evaluar los resultados científicos de los proyectos de investigación, o de si estos guardan relación o no  con la financiación recibida. El foco se pone, por ejemplo, en averiguar por qué un investigador ha dedicado cuatro días a un congreso que dura tres, sin reparar en que gracias a ello el viaje resultaba más barato.

Sin cuestionar por supuesto la necesidad de justificar y auditar adecuadamente el gasto público, a muchos nos parece que esto no deja de tener un fin puramente recaudatorio, que solo añade más frustración a todos los que nos dedicamos a la investigación. Debe ser que el afán controlador y fiscalizador es inversamente proporcional a los fondos que  se destinan a las ayudas (o rescates) a tenor que lo que ha ocurrido con la Banca. Por cierto, hemos tenido inspecciones en las que ha tenido que ser un banco el que certifique que un becario ha recibido su nómina, sin que la firma del Gerente de la UPNa fuera garantía suficiente de haberle pagado. Está claro que los bancos son para el Gobierno más de fiar que las Universidades.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La UPNA dice SI al Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra

La creación del Instituto de Investigación Sanitaria de Navarra (IISN) fue noticia de interés público y elemento de debate político en la primavera de 2011, y vuelve a serlo ahora más de dos años después. En aquel momento, porque la Universidad Pública de Navarra había sido, literalmente, ignorada en su creación y ahora porque no ha aceptado las condiciones con las que se le invita a formar parte del Instituto.

La UPNA ha hecho pública su decisión, tomada unánimemente por el más alto órgano de gobierno en el que está representada toda la comunidad universitaria, y, lo que es más importante , ha dejado claras las razones por las que la ha tomado, razones en las que pretendo abundar a continuación.

Cuando en 2011 la UPNA tuvo conocimiento del proyecto de creación de este Instituto consideró que no solo era conveniente que Navarra tuviera un organismo público de estas características, sino también necesario para el futuro a medio y largo plazo de la investigación sanitaria en nuestra Comunidad. En nuestro caso, se trataba de un interés genuino, porque aunque la existencia del IISN (en esencia un Instituto reconocido y acreditado por un organismo nacional) no es condición necesaria para el desarrollo de la investigación sanitaria en Navarra, su creación nos parecía de gran interés tanto para la Universidad Pública de Navarra y sus investigadores como para los investigadores del sistema sanitario público.

Nos parece interesante porque no podemos ocultar que la Investigación en temas de salud en Navarra, la pública me refiero, perdió el tren hace muchos años. Prueba fehaciente de la debilidad de la investigación pública en salud es el hecho de que, teniendo en cuenta los requisitos que la normativa exige para la creación de un IIS, sería imposible en la actualidad en la Comunidad Foral de Navarra constituir tal instituto sin el concurso de la sanidad privada. Pero el IIS, aunque sea en sí un elemento valioso para la investigación, no se puede ver como la panacea para que el sector público vuelva a engancharse a ese tren.

Y es que también creemos, y así lo hemos defendido, que resultaría ingenuo pensar que una investigación sanitaria pública residual, al lado de una privada con mucha más fuerza, vaya a crecer en un instituto en el que al socio privado se le otorgan prerrogativas que ninguno de los otros socios públicos, UPNA y Gobierno de Navarra tendrían.

Me refiero, y esto es lo que la UPNA ha defendido en todo este tiempo,  al derecho de veto implícito que subyace en la composición y formas de votación del Patronato en cuestiones tan relevantes como modificaciones estatutarias, elección del director científico, o determinación de líneas de investigación, por ejemplo. Este es el meollo de la cuestión: más allá del juego de cifras que a veces se manejan descontextualizadas (patronato 50% público, 50% privado, 2/3 de mayoría cualificada para las decisiones importantes), lo importante desde nuestro punto de vista es que un Instituto de Investigación Sanitaria que aglutine toda la investigación de Navarra en este ámbito y que maneje, no nos engañemos, financiación mayoritariamente pública, no debe dar semejante capacidad de decisión estratégica a una entidad privada.

Ello no significa que una entidad privada sin ánimo de lucro, cualquiera que sea, y que pertenezca a un instituto de estas características no pueda obtener recursos económicos y apoyo de todo tipo si sus proyectos tienen el nivel científico exigido y se enmarcan en las líneas y objetivos estratégicos determinados por el centro. Pero precisamente la clave radica en la distinción de estas dos cuestiones. Las líneas estratégicas deben definirse fundamentalmente en el ámbito de lo público, teniendo en cuenta por supuesto a otros actores. ¿Cómo si no se han elaborado el Plan Estratégico de Salud o los Planes Tecnológicos de Navarra?. Respecto del nivel científico, todos los investigadores tenemos asumido e interiorizado que competimos con otros para conseguir fondos. Eso sería así dentro del instituto, pero está claro que no todos parten en las mismas condiciones ni por tanto tienen las mismas posibilidades.

Llegados a este punto, habrán podido comprobar que aún no me he referido a la investigación o los investigadores de la UPNA. Y es que, y eso queda patente en el Acuerdo de Consejo de Gobierno, nuestro planteamiento no ha sido nunca qué ganaría o perdería nuestra institución aceptando estar en el IIS en estas condiciones, ni si nuestro peso en él ha de ser mayor del que se nos otorga.

En la UPNA somos plenamente conscientes de nuestro peso relativo en la investigación sanitaria.  Es cierto que somos ambiciosos de cara al futuro, como no podía ser de otro modo, y seguimos trabajando en situarnos en el ámbito de la investigación sanitaria en el nivel de excelencia en el que ya nos hemos situado en otros ámbitos científicos en nuestros 25 años de vida.  Por ello la UPNA a pesar de no contar, de momento, con una Facultad de Medicina ha hecho una apuesta clara por la investigación en salud y seguirá por tanto buscando las colaboraciones y financiación necesarias para mejorar los magníficos resultados conseguidos.
Nuestra postura es clara. Como también parece claro el apoyo mayoritario de los investigadores del SNS a la propuesta del Departamento de Salud. La postura es muy comprensible desde la óptica de quien ve en el IIS una oportunidad de salir de una situación en la que su investigación se desarrolla con grandes dificultades. Habría que preguntar a todos los sanitarios que ahora no pueden investigar pero aspiran a hacerlo si se sentirán cómodos en un IIS como el que se les ofrece.

Dicho todo lo anterior, hemos de valorar muy positivamente el esfuerzo realizado por el Departamento de Salud del Gobierno de Navarra intentando conseguir un acuerdo entre todas las partes, aunque seguimos sin entender la razón última de por qué la dirección estratégica de un organismo público tiene que depender del veto de una entidad privada.  No nos queda duda, y así se nos ha hecho saber, de que su deseo es que formemos parte del futuro IIS. Y se nos pide que reconsideremos nuestra postura, y eso es lo que ya hemos hecho con un segundo Consejo de Gobierno para tratar monográficamente este asunto. 


Y hemos dicho, rotundamente, que sí queremos estar en el IIS, pero no en estas condiciones. La solicitud de reconsiderar debe apuntar ahora en otras direcciones de las que, por cierto, todavía no conocemos su posición ni sus razones. El Departamento de Salud debiera explicar por qué renuncia a ese liderazgo público, y la Universidad de Navarra qué le impediría aceptarlo.